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| En Brasil sí hay Senado Federal |
Estos días se habla en España -aunque más de otros asuntos- sobre la reforma del modelo de estado. Federal, dicen muchos; hay que reformarlo, sostienen otros sin concretar nada (por no tener ideas, probablemente). Las alternativas no abundan, el modelo centralista está descartado por la mayoría. Ignacio Sotelo piensa que se puede estudiar el modelo federal alemán pero añade que es demasiado tarde implantarlo en España. Ni País Vasco ni Cataluña lo aceptarían. ¿Y entonces cuál es la propuesta?
Esta semana, en El País, José María Ruiz Soroa publica un artículo de opinión en el que se interroga sobre la conveniencia de implantar el federalismo en España. Son las frases de más jugo: “El éxito federal allí donde se ha dado no se debe a la perfección de las reglas, sino a la voluntad colectiva de convivir. [...] Nuestro Estado está condenado a la bilateralidad en las relaciones con Vasconia y Cataluña, nos guste o no, y ya va siendo hora de que lo aceptemos. Podremos ser federales cuando ambos territorios se independicen, antes no. [...] Mientras vivamos en una federacy (que es donde vivimos según todos los que entienden) tendremos problemas y conflictos. Son encauzables con voluntad de convivir. Y si no la hay, da igual el modelo, todos fallan por igual”.
Como indicaba Ignacio Sotelo “el federalismo funciona cuando hay voluntad de converger en un estado”. Y efectivamente, es necesario evitar las dinámicas centrífugas que llevan a la disfuncionalidad del actual estado de las autonomías. ¿Pero cómo congeniar la voluntad de convivir con esa dinámica centrífuga que obliga a la bilateralidad? Hace falta voluntad de convivir, sin embargo no se puede escapar de la bilateralidad o, dicho de otro modo, de la asimetría y la insolidaridad. Si dejamos que predominen los egoísmos como en el modelo que tenemos ahora esa voluntad requiere un esfuerzo más allá de lo exigible. ¿Entonces por qué no facilitar la convivencia modificando la Constitución?
Hay tabúes en este país que acaban inoculando entre los políticos un temor irracional. Se ha interiorizado que hay conceptos intocables y se dramatiza con eso de la ruptura de España y se sacralizan otros como soberanía, indisolubilidad o indivisibilidad. España es la voluntad de sus ciudadanos y ésta está por encima incluso del propio texto constitucional que debe adaptarse a aquella. Así, lo que está sucediendo desde hace años es que la Constitución ni siquiera representa la voluntad mayoritaria de los españoles o lo hace de manera inapropiada. Y ese corsé rígido que es debería sustituirse por otro más flexible.
Y este nuevo corsé (federal) nos ofrecería un estado más flexible, más abierto, tanto como para permitir que tenga las puertas abiertas para quien no quiera estar en él. Si la soberanía nacional reside en el pueblo español cámbiese el sujeto que puede ejercerla. Y no me digan que no se puede, todo se puede cambiar. «De la ley a la ley a través de la ley», eran las palabras de Torcuato Fernández-Miranda. Establecidos los mecanismos justos y cívicos para una eventual segregación de alguna parte del territorio español, admítase el derecho a separarse de una comunidad (un derecho fresco y moderno, sin alusiones a las argucias nacionalistas de los pueblos o los derechos históricos). Puede ser una provincia, una comunidad autónoma... Y llamarse Cataluña, Barcelona, Extremadura o Navarra.

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