Desde que se iniciaron las pesquisas sobre los casos de Iñaki Urdangarín parece que los españoles se han quitado un peso de encima. La familia real parecía intocable y ese manto de silencio que la rodeaba se estaba agrietando por el flanco débil del yerno.
Juan Carlos I es Rey y Jefe de estado. Representa a un país y debe estar sometido a la crítica y al escrutinio del ojo público. Lo que ha sucedido desde que se supo que había estado en Botsuana cazando elefantes ha sido una ducha de realidad. La avalancha de críticas ha tenido lugar como consecuencia de una acumulación de circunstancias, unas relacionadas con su familia, otras que afectan a una mayoría de españoles y, por último, las que rodean el hecho concreto del viaje a un safari en África.
El Rey pensó que daba lo mismo que hubiera tantos millones de españoles en apuros. Él seguiría con sus rutinas. De alguna forma, por el puesto que desempeña, estaba ajeno a la realidad, a pesar de lo que decía en sus discursos. Ha puesto por encima de España la satisfacción de sus deseos personales. Había ido más veces de caza pero esta vez el malestar ha sido mayúsculo. Lo que ha hecho ha dolido, ha demostrado insensibilidad, el momento no era oportuno. Y queda muy poco elegante que el rey de un país cada vez más pobre participe en cosas de ricos. La primera persona que tiene que dar ejemplo de austeridad y sensibilidad con los problemas del pueblo es él. La distancia entre lo que tenía que hacer y lo que estaba haciendo era tan grande como la magnitud del malestar que ha ocasionado.
¿Qué hace el Rey en un país africano matando animales? Matar elefantes es moralmente tan ruin como matar delfines. Hay deportes más saludables y más populares (ciclismo, natación, carrera a pie...) que el Rey podría haber practicado y que le habrían acercado más al pueblo. Pero al Rey le gustaba la vela, esquiar e ir de caza. Si hubiese tenido el accidente por haberse caído de una bicicleta el alboroto habría sido menor... ¡pero por ir a cazar elefantes! Se tiene la sensación de que la caza es una actividad elitista, y lo es, además de anacrónica, como también es anacrónica la monarquía. Si una institución de sus características no hace esfuerzos por modernizarse olerá cada vez más a cerrado y su aspecto será el de un antiguo caserón.
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| Las piezas cobradas posan delante de Alfonso XIII |
Estaba haciendo un viaje a escondidas, incluso del Presidente del gobierno y si no se rompe la cadera no nos habríamos enterado y se habría ido de rositas. Sus salidas a cacerías eran algo que procuraba llevar en secreto, tenía mala conciencia, quizás, pero en realidad sabía que estaba obrando mal. Todo el mundo ha hecho cosas a escondidas sabiendo que no eran correctas. Pero él, en su condición de Jefe de estado, estaba cometiendo un acto de irresponsabilidad y en su condición de presidente de honor de World Wide Fund for Nature en España (¿se acuerdan de la Asociación para la Defensa de la Naturaleza - Adena?), asociación conservacionista, lo que ha hecho es una burla.
La Casa Real, en las primeras horas después del accidente, decía que era un viaje privado y que debíamos respetar la vida privada del Rey. Esto añadió más malestar. Esa altanería real queda muy fea cuando lo que ya se estaba demandando era una explicación y no dar largas. Estos días se ha demostrado que el Rey no puede hacer lo que quiera y que la opinión pública puede influir en los asuntos de estado si se lo propone. El traspiés rompió su cadera y eso duele, pero más le ha dolido que rompiera sus planes.
Instinto de supervivencia
En 1931, Alfonso XIII, proclamada ya la II República, escribió: “Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”. 81 años después los españoles le han dicho a su nieto: Usted no ama a España lo suficiente. Y Juan Carlos I le ha visto las orejas al lobo.
Ha habido una coincidencia entre la opinión pública y la opinión publicada. Esa reacción de la prensa, también de la más afín a la monarquía y de la opinión pública, esa casi unanimidad en la indignación es la que ha hecho que se le encienda al Rey la luz roja de emergencia. Lo que hay que lamentar es que su respuesta haya sido provocada por las circunstancias y no haya sido el producto de una reflexión personal.
El Rey se ha dado cuenta de que la monarquía podía quedar dañada tras los acontecimientos y ha pedido disculpas para defender sus intereses, ha inclinado la cabeza ante su pueblo. Se debe a España y a los españoles y el que paga manda. Si los españoles dicen no el Rey no puede decir sí. “Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir”. La fórmula escogida es algo más que una forma de salir del paso, ya que apacigua considerablemente los ánimos, a la vez que sirve para ganar tiempo en espera del diseño de un lavado de imagen.
Juan Carlos I ha sido educado para ser rey y como tal defiende la monarquía y, por ende, a sí mismo. Tiene una responsabilidad como Jefe de estado pero tiene, además, una responsabilidad histórica. Representa a la familia, los Borbón, desde 1700 la Casa reinante en España. Pero, además, representa a la monarquía como institución. No solo representa a la monarquía española. Los monarcas de otros países europeos habrán estado estos días con las orejas tiesas. Que un banco tenga problemas afecta a las empresas de su sector, lo que pasa en una monarquía afecta a otras. El Rey ha reaccionado con instinto de supervivencia, defendiendo lo suyo, las monarquías no se pueden permitir el lujo de cometer errores. La historia nos enseña que las monarquías son, de algún modo, frágiles.
Ha dicho Victoria Prego en El Mundo que ha tenido valor. En realidad, no ha tenido más remedio que pasar el mal trago de esa breve comparecencia ante las cámaras de televisión. Porque para el Rey, la monarquía está por encima de las circunstancias personales de un momento.
Ha dicho Iñaki Gabilondo en su blog de voz de Elpais.com que nadie ha pedido nunca perdón por nada, ni por corrupción, ni por crímenes de estado, ni por estafas varias, ni por patrocinar una guerra con razones falsas. En realidad, para los políticos y estafadores no es necesario pedir perdón. Estaría bien que lo hicieran, eso les dignificaría. Ellos esperan la llegada de las elecciones para depurar responsabilidades, pero ¿cómo depura el rey su responsabilidad?, ¿cómo rinde cuentas ante los españoles? En los tiempos que corren no sería viable una monarquía en la que su rey tuviese que abdicar cada vez que cometiese un fallo. Abdicar supondría abrir inmediatamente un debate sobre la monarquía y eso Juan Carlos lo sabe y trata de evitarlo. Una democracia no va a caer por casos de corrupción, ni siquiera por miles de casos de corrupción, pero la monarquía con un Rey siendo abucheado por las ciudades de España no se sostiene. El Rey estaba haciendo algo más que pedir disculpas, estaba apagando el fuego que amenazaba la institución. Para él era necesario pedir disculpas, no tenía otro remedio, no tenía otra salida, tenía que dar la cara.
Ya se ha demostrado que, hasta ahora, el Rey no había hecho los suficientes esfuerzos para adecuar la monarquía a las demandas de una sociedad moderna. Lo que no hizo antes lo tiene que hacer ahora. Ya se anuncian cambios en los procedimientos de comunicación y más transparencia pero no hay nada concreto. Podría tomar como ejemplo a Rafa Nadal, que anuncia en su web dónde se encuentra en cada momento. Este asunto queda en la memoria de los españoles y es una mancha en su expediente. Los medios que le han atizado por su irresponsabilidad le van a ayudar a lavar su imagen, pero él tiene que poner más de su parte.

