Recientemente leí la opinión de un catalán de ascendencia andaluza que estaba a favor de la independencia de Cataluña y hacía notar que se basaba en argumentos, es decir, que a Cataluña le convenía separarse de España para conseguir beneficio económico y bienestar. Stricto sensu, los que afirman estar a favor de la independencia de Cataluña porque le conviene económicamente no son nacionalistas, ya que éstos, aunque les mueva el dinero, apelan a los sentimientos, invocan la nación. Y aquellos son cercanos al lema “España nos roba” pero no lamentan las victorias de La Roja. Esta es la nueva corriente de independentistas gestada durante la crisis económica que salió a la luz a partir de la Diada del pasado septiembre. No han sentido la llamada de la patria sino la de la pela. Sin rodeos, como debe ser. Pero habría que pensar que cuando estas personas consideren que no es rentable económicamente la separación dejarían de ser independentistas...

...En cambio, en la naturaleza del verdadero nacionalismo está su carácter posesivo (lo mío, lo de los demás) y su representación distorsionada del mundo social (tomar la parte por el todo, que deriva de lo anterior). Se podría decir que no está sometido a las pautas de maduración normales, de hecho estas características son habituales en los niños pero no en la edad adulta. Asimismo, al ser ajeno a cualquier tipo de contexto histórico sus planteamientos permanecen invariables con el paso de los años y esto hace que parezca que vive en un autismo geográfico. A estos nacionalistas más rigurosos (o radicales) habría que decirles que un partido político debe velar por el bienestar de todos los ciudadanos y que da lo mismo cómo sea la tierra que pisamos. Pero se trata de política, por eso habría que saber hasta dónde estas afecciones, señas de identidad del nacionalismo, condicionan su política real.
El nacionalismo es inmune a las críticas decía Jon Juaristi. “En rigor, el núcleo del discurso nacionalista es inmune a la crítica porque se trata de una historia, no de una argumentación”. Es un debate que podría situarse en términos parecidos a los de ciencia-religión, razón-emoción. Los argumentos no le hacen daño, lo mismo que contraponer argumentos a la fe de los católicos no les hace daño, por eso, porque es una cuestión de fe. Contra la fe no se puede argumentar, y tampoco contra la fe nacionalista. PNV y CiU parten de la falsa premisa de que sus partidos son necesarios para proteger las peculiaridades de sus regiones. Sin embargo no debe unirse autonomía con bienestar, o independencia con bienestar. También es un error unir nacionalismo vasco a cultura vasca. Es un mito aceptado mayoritariamente por la sociedad y alimentado no solo por el nacionalismo. El discurso que habla más de territorios que de ciudadanos está más cerca de la Edad Media que del mundo moderno. Es, a todas luces, un anacronismo pero apelar a los sentimientos (tierra, pueblo, lengua, costumbres) y no a la razón sigue dando beneficios y, por eso, se mantiene. Tener más dinero que los demás mola y esta parte del discurso nacionalista ha sido asumida por casi todos los demás partidos no estrictamente nacionalistas (PSC, PSE, PP vasco y catalán) ya que da votos. En este sentido, es sintomática una reciente declaración de Pere Navarro, primer secretario del PSC. “Queremos que se reconozca la singularidad de Cataluña”. Lo que hay detrás de la frase de Pere Navarro, críptica solo en apariencia, es que Cataluña es singular (especial, diferente, distinta, inconfundible...) y le corresponden unas competencias fiscales que los demás no deben tener (puesto que la que es singular es Cataluña). Nótese aquí la raíz insolidaria del nacionalismo. Después de más de 30 años de autogobiernos, ¿tiene sentido continuar con el debate identitario? Mientras dé votos y dinero, que es lo que cuenta al fin y al cabo, sí. La telebasura también existe porque da dinero. El debate ético está fuera de todo planteamiento.
Sí son conscientes de que deben actualizar la semántica que recubre su ideario para adaptarla a los nuevos tiempos. Ahora está de moda el concepto más moderno de “derecho a decidir”. Pero se siguen utilizando conceptos trasnochados, aunque quizá menos que en otros tiempos, en frases como “el pueblo catalán tiene derecho a” y se ha sustituido “el hecho diferencial catalán” por “la singularidad de Cataluña”, que suena más fino. Detrás de todo, por supuesto, sigue estando la pela, por eso no se puede tomar en serio a políticos como el actual presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas, que están a favor del derecho a decidir pero no mueven un dedo para que este concepto u otro parecido sea introducido en la Constitución y poder hacer una consulta legal a todos los efectos. Tengo que pensar que todo el movimiento que hay ahora en Cataluña es más de lo de siempre. La vieja estrategia del regateo. Para obtener 30 pido 50, o para tener competencias fiscales convoco una consulta popular secesionista.
Cada vez hay más voces que piden una modificación del actual estado de las autonomías para adaptarlo al mundo postcrisis que se avecina.
Propone Emilio Guevara, exdiputado general de Álava, una
Ley de Claridad española y suena muy bien. La situación requiere poner los cojones encima de la mesa porque la tradicional desidia española ha dejado que se enquiste y el pronóstico no es bueno. Observen la respuesta que da el filósofo Ignacio Sotelo, interpelado recientemente en El Mundo sobre si el federalismo alemán puede ser un modelo para España: “En el 78 hubiera sido imposible. El estado de las autonomías ha fracasado porque lleva consigo una dinámica centrífuga, además de que es carísimo. Su defecto principal es permanecer abierto indefinidamente. Pero ¿es la alternativa el federalismo? Demasiado tarde. Ni Cataluña ni el País Vasco lo aceptarían hoy. Habría que estudiar Canadá, Suiza o Alemania. Pero el federalismo funciona cuando hay voluntad de converger en un estado, por federal que sea; hasta el estado libre de Baviera se siente Alemania. Necesitamos un Senado, auténtica cámara territorial, y una estructura de poder que converja, sin privilegios como el concierto económico. Hablamos de federalismo asimétrico, pero la simetría es la esencia del federalismo”.