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| Cuánto da de sí esta mano de Dios |
Supongamos que una persona actúa en su vida diaria como si no existiera Dios. ¿Qué necesidad hay, entonces, de creer en él? Las creencias no están sostenidas por evidencias pero ¿por qué pararse a pensar en ello? Bastantes problemas tenemos ya como para plantearse cuáles son las razones por las que tenemos creencias. Las tenemos, están ahí, no molestan. Pero por qué no pensar en la irracionalidad de lo sobrenatural, por qué no pensar que Dios es quizá un deseo, o nuestro amigo invisible que nos protege de los desconocidos. Por qué no pensar que fuimos nosotros los que creamos a Dios para que nos explicase lo desconocido y para que aliviase nuestros temores. Los dioses son una creación de nuestra mente. Eran otros tiempos, lo hicieron nuestros nuestros antepasados, fue algo que pasó de generación en generación y, sorprendentemente (no tanto), Dios aun pervive en nuestras mentes.
Sin embargo, Dios no preexiste a la Iglesia, el dios que conocemos (y lo conocemos como Dios) es una creación de la Iglesia. Procede del Antiguo Testamento bíblico y es como la Iglesia Católica nos ha dicho que es (omnipotente, omnisciente, infinito...). Y sobre estas ideas y las verdades dogmáticas la Iglesia ha edificado un imperio. Ha manipulado lo más íntimo y privado de las personas: sus creencias.
Si los dioses fuesen algo privado que reside en las conciencias de las personas Dios no sería un problema. Pero alrededor de Dios hay intereses económicos. El dinero mueve el mundo. Y hay muchas personas que se lucran y hacen negocio con Dios como base. Mientras el dinero mueva el mundo seguirá “existiendo” Dios y la Iglesia necesitará seguir captando personas para su causa. Por no hablar de otras concepciones de dios distintas a la cristiana. Que Dios en sus diferentes denominaciones es un problema se puede comprobar abriendo el periódico o viendo los canales de televisión: todos los días muere alguien por motivos religiosos.
Desde el lado de la sociedad, la pervivencia de Dios se puede explicar como un fenómeno educativo (nos dijeron que existía), cultural (Dios está en la sociedad, en el lenguaje, está troquelado en nuestras neuronas bajo el peso de la costumbre), se puede explicar por una necesidad de creer, de sentir el amparo de alguien que vive “más allá” y que da una ilusión de protección (y de ilusión también se vive). Pensemos, por ejemplo, en Dios como efecto placebo en la cura de enfermedades. Creemos que es el ser sobrenatural el que nos cura y en realidad nos curamos nosotros mismos. Esto sería, más o menos, el reflejo de un pensamiento mágico y esa atribución causal externa en la resolución de nuestros problemas ocultaría un déficit de autoconfianza.
Habría que preguntarse en qué medida las tomas de posición ante Dios influyen en la permanencia del mito pero existe una clara dificultad en hacer clasificaciones sobre creencias (pertenecen al ámbito de lo íntimo). Una reciente reflexión de Joseph Ratzinger iría en esta línea: "Los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios y las personas que sufren a causa de nuestros pecados y tienen deseo de un corazón puro están más cercanos al Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ya solamente ven en la Iglesia el boato, sin que su corazón quede tocado por la fe". Si dejamos aparte a los creyentes practicantes y a los ateos cuyas posiciones ofrecen menos dudas, las de los fieles rutinarios cuyo corazón no queda tocado por la fe, las de los católicos no practicantes que ni van a misa ni rezan en el hogar o las de los agnósticos que mantienen la perezosa pose intelectual de lo incognoscible serían posturas intermedias, pero si tenemos en cuenta que vivimos en el mundo de las apariencias podrían ser todos ellos ateos enmascarados (aunque por probabilidad no todos ellos lo serán).
Somos adultos racionales (aunque puede que algo inmaduros) y podemos explicar lo que sucede en nuestro mundo sin recurrir a seres sobrenaturales. Podemos prescindir de Dios igual que los niños dejaron de dormir con el osito de peluche cuando crecieron. Hoy en día las creencias son un anacronismo mental.

